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                MONTEALEGRE
                                                                                    Ernesto Escapa

             El gancho de su castillo ha relegado durante años el descubrimiento de Montealegre, que es uno de nuestros pueblos de piedra más hermosos. Un verso de Jorge Guillén convierte su nombre en paradoja: Montealegre sin monte, alegre llano. 

             Balcón de lejanías.

            En un fin de semana ventoso, como suelen ser estos del otoño, Montealegre estimula los desahogos líricos de la concurrencia dominguera. En estas condiciones, el recorrido de su hermosa calle Mayor se convierte en un tránsito acelerado hacia el alcor que domina el mazacote de su castillo. Allí nunca falta el espontáneo cicerone de la aldea, que escucha las exclamaciones de los visitantes, calibra el pasmo de la clientela y desafía a escudriñar en el horizonte el perfil aéreo de la mismísima catedral de León, justo a los pies de los Picos de Europa, que son aquellas manchas grises que se ven al fondo. Después de perseguir espejismos a una distancia imposible, el incauto apresurado se resguarda del viento y toma rumbo hacia Rioseco o Ampudia, sin reparar en el hermoso caserío de este pueblo. Sin una parada en su entrada ni un desvío hacia sus corros laterales, algunos tan recogidos y hermosos como los que presiden los templos de Santa María y de San Pedro. 
          
  Montealegre es uno de los más bellos enclaves de los Torozos. La comarca de Torozos tiene la silueta de una bacalada con sus raspas de riachuelos, que vierten las escorrentías del páramo extendido entre Palencia y Toro, entre Valladolid y Medina de Rioseco. La metáfora pertenece a Blas Pajarero, autor de Retazos de Torozos, el libro más hermoso sobre estos páramos. Un texto de concentrada sabiduría ilustrado con dibujos de tinta a palillo por el maestro Cuadrado Lomas. 

            Hace siglo y medio, el siempre ponderado Madoz avisó de los riesgos de atravesar sin los debidos pertrechos estos caminos emboscados, en los que menudeaban los maleantes, además de diversas especies de alimañas de colmillo fiero. Todavía entonces el bosque se alargaba de Tiedra a Montealegre y de Urueña a Paredes del Monte, es decir, de Campos al Cerrato.

            Reliquias de bosque
            Hoy quedan manchones vegetales aquí y allá, después de una política de tala un tanto bárbara, estimulada por Rafael Cavestany, ministro de Agricultura con Franco y uno de los propietarios principales de la zona. Lo que ahora queda son reliquias de un bosque mediterráneo de encinas y quejigos, sometido secularmente a la obtención de leña y carbón vegetal y al descuaje para laboreo agrícola. Las propagandas turísticas se han empeñado en cargar la mano sobre los Torozos que se extienden entre la carretera de León y la autovía de Galicia. Con ese empeño olvidan el espacio triangulado entre Valladolid, Medina de Rioseco y Palencia, en el que se encuentra Montealegre.
            No puede decirse que Montealegre carezca de una entrada capaz de seducir con su encanto los ojos visitantes. En este punto confluyen las carreteras que se abren en abanico hacia las pendientes que asoman a Campos, rumbo a Matallana, Meneses o Valdenebro de los Valles, con la que enlaza por el páramo Villalba y Montealegre. Las eras mediantes entre el asfalto cobijaban hasta hace unos años un conjunto de chozos singular. Alguno se ha malogrado para hacer sitio a un vulgar chalet de urbanita o al depósito del agua, cuya altanería resulta ciertamente estrafalaria. 
             No obstante, lo que todavía hoy ofrece este enclave de entrada a Montealegre es mucho y notable. Está el Humilladero, que mira hacia la embocadura de la calle Mayor y que ofrece en su interior un sencillo Museo del Pastor.
            También, a su costado, el conjunto de fuente y abrevaderos que ha sido recuperado del abandono por una actuación modélica de la consejería de Medio Ambiente. Y al pie de la carretera que viene de Matallana un chozo que tiene como clave de la bóveda que lo remata una impresionante piedra de molino.
            El resto de los chozos, más o menos dañados por el tiempo y los descuidos, combinan el modelo de piedra con el mixto de cúpula de adobe. En el camino de Valdenebro se asienta la ermita de la Virgen de Serosas, hasta donde discurre el Calvario de Viernes Santo. También en este valle salpicado de palomares se encuentran los vestigios arqueológicos.

            La Torre Desmochada
           
La entrada a Montealegre muestra las obras de la posada turística impulsada por la Diputación, que ha devuelto la vida a una casona señorial vencida por el peso de los siglos. El pueblo tiende su caserío sobre la loma que prolonga el páramo hasta la atalaya del castillo, de manera que resulta muy vistoso desde los valles de bajada a Campos.
            A la derecha de la calle Mayor asoma la espadaña de Santa María, una iglesia del XVI que hace de parroquia y altera el toque melodioso de sus campanas con un altavoz de latón. Poco más adelante, la calle se ensancha para realzar la torre de San Pedro y las construcciones eclesiásticas aledañas.
            La iglesia de San Pedro, que estuvo a punto de perderse, ofrece ahora una estupenda estampa y guarda un retablo mayor de exquisita pintura renacentista. Luego otro corro evoca la vinculación del poeta Jorge Guillén con el pueblo, que en el siglo XV tuvo un alcaide del mismo nombre. Unos versos suyos presiden la entrada del castillo.
            El castillo de Montealegre es uno de los más imponentes de la línea fronteriza de Torozos. La desmochada torre del homenaje, que tiene planta poligonal y orienta su proa hacia el pueblo, se remata con seis hiladas postizas, que remendaron malamente el despojo de sillares para el ferrocarril secundario de Castilla. El desmonte no prosiguió porque el traslado resultaba laborioso, pero esta mengua dejó la torre chaparra.
            El patio de armas del castillo se encuentra ocupado por construcciones de su etapa de silo y conserva todavía el aljibe, que está aderezado como un brocal de zarzuela. Se visita la torre del homenaje, hasta cuyo mirador se asciende por una escalera de caracol que recorre la entraña de sus muros. Desde allí se ofrece la Tierra de Campos infinitamente, como escribió el poeta.